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Buen viaje

De la pila de revistas de viajes y turismo que Alejandro le dejó a Paula, quedaron dos muy diferentes: una sobre Brasil y una con una nota sobre las sierras cordobesas.

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Lo mejor de una pelea es la reconciliación

No hay nada que estimule la imaginación de un hombre como saber que se mandó una… “macana” y la tiene que arreglar de alguna manera.

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La primera pelea

Así como hay una primer cita, un primer beso y una primera noche juntos, toda pareja tiene que pasar por la primera pelea. En el caso de Paula y Alejandro tuvo que ver con dos temas complejos: la confianza y la privacidad.

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Paula vs. Play

"No entiendo, Margarita. ¿Por qué no puede ir conmigo al teatro el viernes? ¿Será que ya se aburrió de nuestras salidas?". Así me despertó Paula de la siesta el otro día, un poco alterada y bastante confundida.

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Las manías de Paula y Alejandro

A medida que una pareja pasa más tiempo junta, empieza a conocerse.  Conocerse de verdad, digo, más allá del costado "public relations" que tanto les encanta mostrar. Con las virtudes que ya les son familiares, pero con todos los defectos que se van notando con el transcurso de los días.

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Mi media milanesa en realidad es un cuarto

 

Mi media milanesa en realidad es un cuarto.
Hay una etapa en toda relación que consiste en seducir. Se trata de “convencer” al otro de que somos la persona con la que quieren estar. 
No sé si es premeditado, o si simplemente sucede que nos resulta muy fácil mostrar sólo lo mejor de nosotros mismos durante un tiempo. Lo cierto es que en los primeros tiempos cada cita es especial, cada vestido es nuevo, cada cena es un presupuesto -vino, postre y café-, y las anécdotas que contamos son las más divertidas. Paula nunca fue tan coqueta ni Alejandro tan ocurrente como en las últimas semanas, de eso estoy segura.
Y como toda etapa, la luna de miel se termina, y la vida –esa que habías estado relegando todo este tiempo por estar ocupada en el romance- te alcanza y volvés a ser vos misma. La que tiene ojeras a la mañana, la que no llegó a depilarse, la que se puso de mal humor porque su jefe le levantó la voz. Una persona normal, bah. Y a ellos les pasa lo mismo.
Ya sin esa nube de algodones que los envuelve, ambos  se dan cuenta de que de tooodo eso que les gustaba del otro en realidad hay algunas cositas que… les molestan bastante.
Alejandro, por ejemplo, es fan del tenis. Yo no entiendo nada del tema, y Paula tampoco, así que lo escuchó fascinada por días y días hablar de la técnica, de las reglas, de los jugadores del equipo argentino, del ranking mundial  y de la copa nosequé. Le parecía fascinante cómo alguien podía saber tanto sobre un tema.
Pero el otro día, él prefirió quedarse en su casa a la noche comiendo unas milanesas de soja para ponerse al día con los últimos partidos. Y el fin de semana siguiente, en vez de salir a pasear, eligió pegarse a la tele de Paula para ver la final de un torneo cuyo nombre desconozco, en jogging y ojotas.
Mientras Alejandro le explicaba cada pelota y le contaba datos de la vida de los jugadores intercalados con hitos en la historia del tenis mundial, Paula se  dio cuenta de que ya estaba harta de oírlo hablar sobre cualquier cosa relacionada con el polvo de ladrillo. “Qué denso, ¿no sabe nada sobre otro tema? ¿No podríamos hablar de otra cosa de vez en cuando? ” me comentó esa noche mientras se preparaba para irse a dormir.
Por supuesto que no dijo nada, pero yo me quedé pensando. ¿Por qué las mujeres se enamoran de alguien y después quieren cambiarlo? ¿Será que con los hombres les pasa lo mismo que con la ropa?

Hay una etapa en toda relación que consiste en seducir. Se trata de “convencer” al otro de que somos la persona con la que quieren estar. 

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Tanto amor empalaga

 

Tanto amor empalaga
Si alguna vez se preguntaron de dónde sacan tantas ideas cursis los autores de las telenovelas más melosas y las comedias románticas más azucaradas, la respuesta es muy fácil: de parejitas como la de Paula y Alejandro.
Estos dos pasan horas mirándose a los ojos embobados, caminan de la mano por la plaza y salen a andar en bicicleta los domingos, pero eso no es nada. ¡Hablan por teléfono tres veces por día! “¿Qué hiciste, amorcito?”, “Fui a comprar unos botones a la mercería para un saco que me tejió mi mamá.”, “¡Uy, no te puedo creer, qué bueno!”, “¿Y vos qué comiste hoy, mi bebitolindo?”, “Unas milanesas de soja con puré en el trabajo.”, “¡Qué rico!”. Y así puedo seguir horas contándoles la cantidad de “no-noticias” que estos dos comparten tooooodo el tiempo.
A esta rutina se le suman los cientos de mensajes de texto con frases tipo “Te extraño, mi princesita.” y “Yo también, mi príncipe, vení a rescatarme.”; y los mails que, por suerte, no puedo leer desde el balcón porque soy un poco chicata.
Agreguémosle a esta “rutina del amor” los mimos en público y las risitas cómplices, las llegadas tarde al trabajo y la pila de tareas que quedan sin hacer porque “estábamos juntos y perdimos la noción del tiempo” y tenemos la receta perfecta para cualquier tira diaria adolescente.
¿Y les cuento algo más? No sé si debo, pero tengo que compartirlo con alguien y sé que ustedes me van a entender: mientras se ducha, Paulita canta unas canciones de amor horribles. Es como sumar a todos los cantantes latinos, cubrirlos con caramelo y corear estribillos pegajosos usando un cepillo de brushing como micrófono.
¡Empalagan, chicos, empalagan! Igual está bien, me pongo a pensar y me parece que todos tienen derecho a tomarse unas vacaciones de la vida y pasarlas acurrucados con la persona que quieren. Pero digo yo: ¿hace falta que las mujeres se pongan tan bobas cuando se enamoran? Mientras Paula no se olvide de regarme…

Si alguna vez se preguntaron de dónde sacan tantas ideas cursis los autores de las telenovelas más melosas y las comedias románticas más azucaradas, la respuesta es muy fácil: de parejitas como la de Paula y Alejandro.

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Hay que regar la plantita

Cuando Paula me trajo a vivir con ella, lo primero que hizo fue ponerme en esta maceta coqueta, removerme la tierra y limpiar mis hojitas.  Pero eso no es nada. Una vez que me instaló en el mejor rincón de su departamento, empezó su verdadero trabajo: regarme todos los días para que pueda seguir creciendo divina y con flores cada vez más lindas.

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A mi monoambiente no le falta nada

Son todas iguales. Y lo digo bien eh. A todas les gustan los finales felices. Pero ¿qué es un final feliz?

No necesariamente tiene que ser algo grandilocuente como un beso de película bajo la lluvia o descubrir que ganaste la lotería.

Para algunas, por ejemplo, significa conseguir el trabajo de sus sueños después de haber ido a centenares de entrevistas o encontrar el par de zapatos perfecto para ese vestido que no iba con nada. Para otras, es firmar el contrato de alquiler luego de haber visto quince departamentos o sacar los pasajes para ese viaje a Europa para el que venían ahorrando hacía años.

Y para Paula es haber encontrado a alguien con quien compartir su vida. Un compañero que le gusta de verdad y que, ahora sí, después de unos cuantos fiascos, es lindo y bueno.

Lo que sí es cierto es que en todos los casos el final feliz es cuando, después de pelearla y esforzarte y, sobre todo, nunca bajar los brazos, llegás a donde querías estar.

¿Me contás el tuyo?

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Hombres amilanados

Entiendo que no puedan hablarle a Scarlett Johansson. No espero que intenten arrancarle una sonrisa a Angelina Jolie, y ni hablar de rozarle siquiera la punta de los dedos a Charlize Theron. Pero… ¿a Paula? ¿Qué tiene Paula que los inhibe tanto, si es una chica común y corriente?

En general la miran, ella les hace ojitos, a veces intercambian una o dos frases bastante tontas y cuando llega el momento en que ellos deberían invitarla a salir… no pasa nada. A algunos les transpiran las manos y se las frotan contra el pantalón; otros tartamudean un poco y otros ni siquiera eso, porque se van sin decirle nada, como pasó la última vez que Paulita fue a lo de una amiga a una de esas fiestas en las que se juntan varios grupos de conocidos para ver si ligan algo.

Después de horas de intercambiar miradas insistentes, finalmente logró entablar una conversación con Mariano, un morocho despampanante.

Me encanta el cine de ciencia ficción”, dijo Paula. “A mí también, ahora estrenaron una de Christopher Nolan, ¿la viste?”, preguntó él. “¡No! ¡Muero por verla! Y me encanta Nolan, hace meses que espero esta peli”, contestó ella dando el pie perfecto. “Sí, yo también, va a estar buenísima... eh… voy a ver qué están haciendo mis amigos, hablamos después, ¿dale?”, respondió Mariano sin levantar la mirada de su cerveza.

Paula corrió al baño temiendo lo peor pero no, no tenía un pedazo de espinaca entre los dientes, ni olor a transpiración, ni bigotes, ni un grano del tamaño de un tomate en el medio de la frente. ¿Por qué no la había invitado a salir ese chico, si se habían estado tirando onda toda la noche?

Al final ella terminó sola, sintiéndose horrible y tonta, y sin entender qué había pasado. Llegó a casa, se puso el pijama, miró cinco o seis capítulos de una serie que había bajado de internet y se durmió con la tele prendida.

Y esto pasó ya varias veces, eh. Con hombres muy diferentes entre sí y en situaciones completamente opuestas. En general la miran, ella les hace ojitos, a veces intercambian una o dos frases bastante tontas y cuando llega el momento en que ellos deberían invitarla a salir… no pasa nada.

¿Será que, para algunos, las mujeres inteligentes son igual de inalcanzables que las muy bellas? ¿A qué le tienen miedo, si las chicas no muerden?

Al final, son como una milanesa de soja a medio cocinar. Blandita y sin el alma que le da un buen golpe de horno. Y hablando de milanesas, les dejo estas recetas.

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Encontré la horma de mis zapatos

Queso y dulce, maxifalda y botas de caña alta, pizza con cerveza, café y chocolate y yo con esta maceta divina que me adornó Paula... hay cosas que nacieron para estar juntas. Pero pocos maridajes hay tan armoniosos como el que conforma una mujer con su amigo gay.

¿Quién sino él puede decirte exactamente qué corte de pelo te quedará mejor, consolarte cuando es miércoles y el chico que conociste el sábado no te llamó ni te contestó el mail y debatir sobre temas tan variados como los galanes más sexies del los '90s, los colores que mejor le sientan a Susana y las estrategias más efectivas para que tu mamá deje de meterse en tu vida?

Puede parecer un cliché pero todas necesitamos un aliado. Entre nos, el profesor no me gustaba para ella. ¡Ningún hombre que use escote en V es de fiar! Lo prefiero como amigo, para que la cuide y la abrace en el sillón cuando ninguno de los dos tenga planes un sábado a la noche y terminen mirando la última temporada de American Idol y, si es necesario, para que lé de celos a alguno de los tarados que la rodean y no se dan cuenta de que esta chica es una joyita.

Y ya sé que Paulita está buscando al amor de su vida (quizás hasta esté a punto de encontrarlo) pero, mientras tanto, me encantaría que tuviera cerca un chico que le haga compañía sin necesidad de coqueteos, ni nervios, ni ansiedad, ni ropa ajustada, ni medibachas reductoras. ¿No les parece?

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Siempre listas

 

Existe esa concepción errónea de que una cita empieza cuando te tocan el timbre
y vos te terminás de poner perfume, te arreglás el flequillo y bajás. Pero nada más
lejos de la verdad. Todas sabemos que, en realidad una cita empieza en el momento
en que nos extienden la invitación y empezamos a pensar en qué vamos a ponernos.
Paula tiene su propio ritual, y esa noche lo ejecutó a la perfección. Primero extendió
sobre la cama cuatro opciones de vestuario, con sus respectivos zapatos. Luego
procedió a probarse cada look y mostrarle, via webcam, a una de sus amigas. Después
de haber coincidido en que la opción perfecta era el vestido strapless ajustado que se
había comprado el día anterior, Paula cortó la transmisión y guardó el susodicho en el
placard, descartándolo por completo. (¿Por qué las mujeres se la pasan consultándose
cosas entre ustedes para después hacer siempre lo contrario?)
Finalmente eligió, entre los otros tres, el eterno comodín: un vestidito negro que
siempre usa en las primeras citas, cruzado en la cintura, largo a la rodilla, escotado
pero elegante, de esos que nunca te dejan mal parada.
Más tarde, después de ducharse y encremarse todo el cuerpo, le llegó el turno a la
mascarilla refrescante para el rostro, el brushing, el maquillaje y los accesorios. En eso
estaba, seis horas después de haber empezado a “prepararse” –y dos horas antes del
horario convenido de la cita-, cuando le llegó un SMS.
“Me esguincé jugando a la pelota y el médico me dio 48 hs de reposo. ¿Lo dejamos
para otro día? Beso”.
“¿Para otro día? ¿Volver a pasar por todo esto? ¡Ya me pinté las uñas de los pies!
¡Perdí todo el sábado produciéndome! ¿Por qué no me avisó con tiempo? ¿Qué se
piensa, que voy a estar las 24 horas de punta en blanco por si me llama?” exclamó
Paula, y yo me la imaginé, otra vez, harapienta, tirada en el sillón tomando helado y
viendo tele hasta las cuatro de la mañana.
Pero esta vez me sorprendió. Guardó el jogging en el placard y se dejó el vestidito
puesto. Sacó del freezer unas milanesas de soja que, a diferencia de ella, sí están
siempre listas y en apenas unos minutos; puso música, prendió unas velas aromáticas y
un ratito después se sentó a cenar.
“¿Ves, Margarita? Tengo una cita conmigo misma, y estoy divina”, me dijo sonriendo
mientras se servía una copa de vino. “Además, una nunca sabe cómo puede terminar la
noche, ¿no?”.

Existe esa concepción errónea de que una cita empieza cuando te tocan el timbre y vos te terminás de poner perfume, te arreglás el flequillo y bajás. Pero nada más lejos de la verdad. Todas sabemos que, en realidad una cita empieza en el momento en que nos extienden la invitación y empezamos a pensar en qué vamos a ponernos.

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No a la piratería

A veces los hombres se parecen mucho a esas tías glotonas que se llenan la boca de masitas y antes de terminarlas ya están mirando con cariño las empanaditas de copetín. No les alcanza con tener un plato lleno de manjares, sino que siempre están mirando qué más hay para comer, como si fueran verdaderos barriles sin fondo, incapaces de disfrutar hasta estar satisfechas y… parar ahí.

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Las milanesas de soja y los ex se guardan en el freezer

La primera semana después de una gran compra en el supermercado siempre es de bonanza gastronómica. Comés de todo, variadito y usando todos los ingredientes que tenés a mano, que son muchísimos. Con el correr de los días, y a medida que avanza el mes, las alternativas se van agotando y cada vez que abrís la heladera te parece que está más vacía.

Y con los hombres es igual. A veces tenés unos cuantos que te arrastran el ala y vas eligiendo con cuál querés ir a cenar a un restó íntimo, cuál es perfecto para una cerveza después del trabajo y cuál te reservás para el sábado a la noche.

Pero a veces te tocan épocas de sequía, en las que no te invita a salir ni el más aburrido de la oficina -40 años, vive con la madre, usa la camisa adentro del jean y un reloj del tamaño de una TV de 14 pulgadas-, y las carteleras de los estrenos cambian varias veces sin que hayas visto ninguno.

¿Qué hacer en esos momentos en los que tenés que sacar algo de la galera? La solución es el freezer. Lo sé porque cada vez que Paula piensa que no tiene más opciones de muchachos o comida, de repente se acuerda de que tiene un as bajo la manga, abre la puerta y encuentra algo perfecto para salir de apuros: ese ex simpático con el que nunca supiste por qué terminaron o una caja de milanesas de soja, ambos con satisfacción garantizada y siempre listos. ¡Vayan haciendo lugar!

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El amor puede estar en frente de mis narices ¿seré narigona?

 

Paula se la pasa hablándome de hombres. Peor, se la pasa BUSCANDO hombres. En el súper, en
el bar, en el trabajo y hasta en la clase de gimnasia. ¿A quién se le ocurre que se pueden conocer
hombres estando chivada, en jogging y con una remera de la maratón Carrefour? Sólo a ella. Lo
cierto es que conocer hombres es como oler perfumes. Al principio olés uno o dos y podés saber
si te gustan, si son demasiado dulces o tan densos que te hacen doler la cabeza; pero después del
tercero o el cuarto aroma, todos se empiezan a parecer y la que termina con jaqueca, mareada y
sin saber lo que estaba buscando sos vos.
¿Cuántas veces te pasó que saliste a comprar ropa con todo el sueldo en el bolsillo, dispuesta a
gastarte hasta lo que no tenías en un guardarropas nuevo, sólo para volver con las manos vacías
porque no te gustaba nada? Ok, nunca, pero... ¿Al revés? ¿Nunca te pasó de encontrar algo
perfecto para vos así, de la nada, un día cualquiera?
Al final, las mejores cosas de la vida te pasan cuando menos las esperás. ¿O no?

Paula se la pasa hablándome de hombres. Peor, se la pasa BUSCANDO hombres. En el súper, en el bar, en el trabajo y hasta en la clase de gimnasia. ¿A quién se le ocurre que se pueden conocer hombres estando chivada, en jogging y con una remera de la maratón Carrefour?

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Prefiero mil veces una milanesa de soja a la napolitana que un napolitano

Dicen que no fue allí donde se originó en realidad. Que es un invento que nada tiene que ver con esa ciudad. Y tiene sentido, porque no puedo imaginarme cómo esa perfección apanada, crocante y cubierta con el más fabuloso equilibrio de ingredientes podría tener algo que ver con… Carlo, el napolitano.

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Papá es mi hombre ideal. Entonces ¿por qué mamá lo quiere dejar?

¿Ven? Esto es lo que les hace tanto psicoanálisis, chicas. Tanto hablar del Edipo, al final las mujeres se dividen en dos grandes grupos: las que buscan un hombre idéntico a su padre y las que buscan uno diametralmente opuesto.

Estas últimas, en general, son las que no tuvieron una relación del todo feliz con su padre, o bien se identifican con las frustraciones amorosas de su madre (ah, porque mamá es una mujer también, y, como todas, sufre por los hombres), entonces terminan eligiendo un personaje que en nada se parece al señor que las trajo al mundo (y en general es un hippie –perdón, un “espíritu libre”-  con los jeans rotos, pelo largo, morral y remera de batik).

Pero las que me llaman la atención son, en realidad, las primeras. Las que buscan a papá en todos los hombres que conocen.

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Se enfrió la milanesa

Si hay algo que puedo decir de Paula es que se fija mucho en los detalles, así que no me explico cómo puede ser que no haya sospechado de Fernando, que resultó ser un experto vendedor de humo.

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¿Los hombres tienen fecha de vencimiento?

Ay, chicas, a veces me parece que muchas de ustedes se ocupan demasiado en proyectar un futuro sin siquiera estar seguras de si les convence el presente. Y no me digan que no es así.

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Mariposas en la Panza

Nunca tuve otra dueña, ni conozco muchas chicas, pero me parece que Paula es más o menos como todas. Una chica simpática, laburadora, y que siempre le pone buena onda a todo. La verdad, es divina.

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Dicen que a las plantas hay que hablarles, se ve que Paula se lo toma bien en serio, porque a mí me dice todo lo que le pasa con los hombres.

En este blog es donde yo le cuento a todos, lo que Paula me cuenta a mí.

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receta

No existe una receta para encontar al hombre ideal.
Pero acá te dejo unas cuantas recetas para hacer unas ricas milanesas de soja.